Bebés que tuvieron una infección respiratoria grave por el virus respiratorio sincicial en los primeros meses de vida, al cumplir un año, presentaron menores habilidades comunicativas que niños sin este antecedente, incluyendo una menor comprensión y un menor uso de palabras y gestos, según un estudio chileno.
La investigación fue liderada por el Dr. Alexis Kalergis, inmunólogo, director del Instituto Milenio en Inmunología e Inmunoterapia (IMII) y profesor titular de la Pontificia Universidad Católica de Chile, y se publicó en 2020 en la revista Scientific Reports.
El resultado surgió en base a investigación básica realizada una década antes por el mismo equipo de investigación, que había demostrado en ratones que el virus podía alcanzar el cerebro y provocar alteraciones persistentes de memoria y aprendizaje, incluso después de que la infección respiratoria hubiera desaparecido, lo que planteó la pregunta de si el mismo fenómeno ocurría en humanos.
Para Kalergis, esa correlación entre una infección respiratoria temprana y el desarrollo del lenguaje mostró que el fenómeno observado en modelos animales podía tener un correlato humano detectable. “En los bebés encontramos algo equivalente a lo que habíamos observado en modelos animales: una alteración medible en la forma en que el cerebro procesa la información meses después de que la infección respiratoria ya estuviera resuelta”, explica el Dr. Kalergis.
El lenguaje como marcador temprano
El equipo trabajó con un grupo donde el diagnóstico clínico es especialmente difícil, porque los lactantes no describen sus propios síntomas. El estudio se enfocó en bebés que habían cursado una infección respiratoria grave por virus respiratorio sincicial antes de los seis meses de edad, una etapa especialmente sensible para el desarrollo del sistema nervioso y del lenguaje.
La investigación midió, mediante electroencefalografía, la capacidad de los lactantes para distinguir sonidos propios y ajenos a su idioma nativo, un hito del desarrollo que ocurre normalmente durante el primer año de vida. Esta capacidad forma parte de un proceso normal de maduración: durante el primer año, los niños comienzan a afinar su sensibilidad hacia los sonidos relevantes de su lengua y a perderla ante los que no pertenecen a ella.
A los seis meses, los bebés que habían tenido la infección grave mostraron una respuesta cerebral más débil que el grupo de control al distinguir esos sonidos, tanto los del español como los ajenos a ese idioma.
A los doce meses el patrón se invirtió de forma inesperada. Mientras los bebés sin antecedentes de infección grave ya habían perdido la sensibilidad a los sonidos ajenos a su idioma, como corresponde al desarrollo típico, los que habían tenido la infección seguían respondiendo a esos sonidos como si aún no hubieran completado ese ajuste. Sus padres, además, reportaron que comprendían y usaban menos palabras y gestos que los del grupo control.
Ese retraso, documentado a los doce meses mediante un inventario estandarizado de vocabulario y gestos, entregó evidencia en humanos de que una infección respiratoria grave durante los primeros meses de vida puede asociarse con dificultades tempranas en el desarrollo del lenguaje, incluso sin síntomas neurológicos visibles.
La huella del virus en el cerebro
Para entender la relevancia de este hallazgo hay que volver al estudio en animales. El equipo debió establecer primero que el virus podía alcanzar el sistema nervioso central, algo que hasta entonces no se había demostrado. Durante años, la investigación sobre virus respiratorios se concentró casi exclusivamente en el sistema respiratorio, dejando fuera de foco los efectos en otros sistemas del cuerpo. “En 2013 publicamos en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) que el virus respiratorio sincicial, además de afectar las vías respiratorias, puede alcanzar el sistema nervioso central y alterar funciones asociadas al aprendizaje y la memoria. Ese hallazgo abrió una línea de investigación para entender cómo una infección respiratoria grave puede dejar efectos medibles más allá del pulmón”, señala el Dr. Alexis Kalergis.
El virus respiratorio sincicial es la principal causa de infecciones respiratorias graves en la primera infancia: contagia a más del 70% de los niños durante su primer año de vida y a prácticamente la totalidad hacia los dos años. En cerca del 2% de los casos de bronquiolitis asociada al virus se reportan manifestaciones neurológicas (convulsiones, apnea central, letargo y encefalopatía), un porcentaje que hasta entonces carecía de una explicación biológica clara sobre cómo un virus respiratorio podría alcanzar el sistema nervioso.
El estudio, publicado formalmente en 2013 en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), detectó proteínas y material genético del virus en el hipocampo, el núcleo hipotalámico ventromedial y el tronco encefálico de ratones infectados por vía intranasal. Las primeras copias virales aparecieron en el sistema nervioso central a los tres días de la infección, y hacia el séptimo día ya se habían extendido desde el mesencéfalo hasta el tronco encefálico.
Los investigadores identificaron dos rutas posibles de entrada al cerebro. La primera fue detectada apenas 24 horas después de la infección, en el epitelio olfatorio, lo que sugiere una vía neural directa a través del nervio olfatorio. La segunda ruta es sanguínea: al bloquear con un anticuerpo la molécula CD49d, que permite a glóbulos blancos infectados cruzar la barrera hematoencefálica, el equipo logró reducir de forma significativa la carga viral detectada en el cerebro de los animales.
La falla de memoria se localizó en una función celular precisa. En los animales infectados, la potenciación a largo plazo del hipocampo –el mecanismo que sostiene el aprendizaje– resultó significativamente más débil que en los controles, lo que explicó el retraso persistente en pruebas de memoria un mes después de la infección, pese a la ausencia de síntomas respiratorios. Cuando los animales fueron inmunizados con una vacuna experimental antes del desafío viral, no desarrollaron ninguno de esos déficits cognitivos.
Riesgo de demencia acelerada
El hallazgo animal y el infantil documentan secuelas que aparecen semanas o meses después de que la infección respiratoria se resuelve. En personas mayores, la evidencia apunta a un desenlace clínico distinto y ya vigilado por la medicina geriátrica: el deterioro cognitivo acelerado. “En personas mayores ya está establecido que una neumonía por un agente respiratorio puede impactar incluso en el desarrollo de una demencia acelerada”, sostiene el Dr. Kalergis.
El deterioro no se limita al virus sincicial. Estudios epidemiológicos han vinculado cuadros similares a otros patógenos respiratorios, entre ellos el coronavirus, el metapneumovirus humano y el virus de la influenza.
En tanto, cuando los ratones fueron inmunizados antes de la infección, no desarrollaron ninguno de los déficits de memoria observados en los animales no vacunados, pese a exponerse al mismo virus. Para Kalergis, ese resultado experimental respalda una estrategia concreta en clínica humana. “Las vacunas son fundamentales porque previenen el desarrollo de la neumonía en las personas y, eventualmente, las secuelas como estos daños cognitivos”, agregó el académico de la PUC.
Esa recomendación choca hoy con una brecha real de cobertura en Chile. Solo 60,7% de los niños de seis meses a cinco años cuenta con la vacuna contra la influenza, mientras la inmunización contra el propio virus sincicial en lactantes alcanza 96,8% y ha reducido las hospitalizaciones por ese virus en más de un 60%.
Para el equipo del IMII, la diferencia entre ambos programas responde más a un problema de diseño y acceso –la vacuna VRS se dirige a un grupo pequeño y fácil de identificar en el sistema de salud, mientras la campaña de influenza depende de que los padres lleven activamente a sus hijos a vacunarse cada año– que a la disponibilidad de dosis.
Ese vacío de cobertura ocurre en medio de una alta circulación de virus respiratorios y refuerza la necesidad de mejorar la comunicación pública sobre la prevención de infecciones graves en niños, niñas y personas mayores. El razonamiento conecta el hallazgo animal de 2013 con la discusión sanitaria actual: si la neumonía es la puerta de entrada al daño neurológico de largo plazo, prevenirla mediante vacunación reduce también el riesgo de esas secuelas, tanto en la infancia como en la vejez.
El equipo de Kalergis conduce en la actualidad ensayos clínicos de una vacuna contra el virus sincicial basada en BCG, la misma plataforma que en el modelo animal impidió el daño cognitivo asociado a la infección. El objetivo, según ha explicado el propio equipo, es inducir en las personas una protección inmune segura, duradera y efectiva contra el virus.
El académico de la PUC acumuló en 2026 tres distinciones internacionales que respaldan la proyección de su investigación en inmunología. Se convirtió en el primer chileno en recibir el Distinguished PhD Alumnus Award del Albert Einstein College of Medicine de Nueva York, su alma mater de posgrado. Además, por tercer año consecutivo, volvió a encabezar el ranking nacional de inmunología de Research.com y fue reconocido por la plataforma científica Immunopaedia, de la International Union of Immunological Societies, como Immunologist of the Month de junio.
